Colapinto tiene un carisma especial. Un aura, como dirían los más jóvenes. Y eso no se adquiere: se posee. Puede que se deba a su historia de esfuerzo en pos del sueño de correr en la Fórmula 1. O a su espíritu resiliente, que lo llevó a abandonar las comodidades del hogar para mudarse solo al extranjero. Quizás porque nada le fue regalado y ha escalado peldaño a peldaño hasta formar parte del exclusivo grupo de 22 pilotos que compiten en la categoría más prestigiosa y mediática del automovilismo global. O podría ser simplemente su sonrisa y su frescura.
Son muchas las razones que se entrelazan para llegar a una conclusión: son muy pocos los personajes actuales capaces de convocar a tantas personas por su propia cuenta. Es innegable que estuvo rodeado de un aparato de marketing poderoso y en ocasiones un tanto celoso, incluyendo la eficiente logística del gobierno de la ciudad, que en menos de una semana transformó las calles de su barrio en un mini circuito urbano.
Sin embargo, más allá de este contexto favorable, el verdadero factor X es Colapinto. Su mayor fortaleza es que enamora tanto a la generación analógica —los que se emocionan al escuchar el rugido de un motor V8 o al ver la conexión con su abuela Rosa— como a la generación digital —esa que desliza por las pantallas al ritmo de TikTok, haciendo de lo pasajero una cultura propia—. Es un eslabón perdido que logra una inusitada conexión. Se ha convertido, de manera inadvertida, en el punto en común que muchas industrias tradicionales aún luchan por comprender en su afán de adaptarse a los inevitables cambios de su tiempo.
De acuerdo con cifras oficiales, Colapinto congregó a más de 600 mil personas que se acercaron para verlo en acción, en un Lotus de 2012 camuflado como Alpine y en una réplica de la Flecha de Plata con la que Juan Manuel Fangio conquistó dos de sus cinco títulos mundiales en la década de 1950.
La impresionante cifra no solo supera los 50 mil asistentes que en 2012 se dieron cita para observar a Daniel Ricciardo, quien condujo el Red Bull RB7 que llevó a Sebastian Vettel a la victoria un año antes. Este número supera con creces el aforo que acumulan, en un fin de semana, los grandes premios más populares de la actual temporada de Fórmula 1.
La exhibición se ha convertido en un mensaje claro para los propietarios de la Fórmula 1. Ya no solo observaron cómo los argentinos —aquellos que pueden permitírselo— viajan por el mundo para animar a Colapinto.
