El encuentro entre Kirchner y Massa se prolongó durante aproximadamente 40 minutos y fue convenido tras un intercambio telefónico. Según fuentes confiables, no se discutieron candidaturas ni se trabajó en la organización política en la provincia de Buenos Aires, ni se acordó ninguna estrategia para limitar las aspiraciones presidenciales de Kicillof. La charla se centró en las elecciones en Brasil, los próximos comicios en Estados Unidos y un asunto relevante en el contexto local: Kirchner indagó si el Gobierno contaría con los votos necesarios para suspender las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Las valoraciones sobre este tema sugieren que, hasta el momento, la Casa Rosada no ha logrado reunir el apoyo requerido, a pesar del optimismo que emana de Diego Santilli.
La fotografía política de este encuentro presenta diversas interpretaciones. Se confirma la proximidad y comunicación continua entre la expresidenta y el líder del Frente Renovador, formando un eje político sólido dentro del espectro panperonista. La relación entre Massa y Kirchner ha sobrevivido a rupturas y reconciliaciones, desde que en 2013 Massa se apartara del kirchnerismo para forjar su propio espacio, reingresando al Frente de Todos en 2019 y siendo candidato presidencial en 2023. Actualmente, su comunicación con Kirchner es más frecuente que la que otros líderes peronistas han logrado mantener.
La disparidad más notable radica en el vínculo con Kicillof. Kirchner y el gobernador bonaerense no han intercambiado palabras en más de un año, siendo su último intercambio el 1 de octubre de 2025, cuando Kicillof la visitó antes de las elecciones legislativas. A pesar de que ambas partes describieron este encuentro como positivo, la falta de una imagen conjunta subrayó la fragilidad de su relación, la cual no ha mostrado signos de mejora desde entonces.
Desde el entorno kirchnerista se sugiere que la puerta en el domicilio de Kirchner permanece abierta para todos los dirigentes autorizados a visitarla. La regularidad de las comunicaciones con Massa resalta la ausencia de Kicillof, que va más allá de una visita omitida. Está en juego el liderazgo de un electorado que todavía reconoce la relevancia política de la expresidenta, mientras Kicillof intenta afianzarse como figura autónoma en el ámbito nacional.
El 17 de octubre puso de manifiesto esta distancia, sin necesidad de que existieran declaraciones antagonistas. Kicillof lideró un acto en La Matanza, donde reafirmó su apoyo a Cristina Kirchner y argumentó que su encarcelamiento era injusto, pero a su vez se ofreció para asumir responsabilidades en la campaña presidencial. Máximo Kirchner estuvo en Chaco junto a Jorge Capitanich, mientras que en las afueras del domicilio de la ex presidenta, militantes se congregaron en varias oportunidades. Aunque el peronismo conmemoró la fecha, no logró materializar una representación unificada.
La cercanía de Massa introduce un nuevo matiz en esta fractura. A pesar de su afinidad con Cristina Kirchner, su enfoque sobre Kicillof contrasta con la actitud crítica que este último ha recibido por parte de otros sectores del kirchnerismo. Massa ha manifestado a sus interlocutores que es esencial “cuidar” la figura del gobernador, entendiendo que su consolidación como candidato presidencial no debe implicar un enfrentamiento directo que socave su proyección. Para Massa, proteger a Kicillof no significa renunciar a sus propias posturas, sino reconocer que el peronismo necesita figuras con capacidad de atraer a distintos sectores.
El mutismo de Cristina Kirchner constituye otra variable clave en este contexto. Desde su detención, ha reducido considerablemente sus intervenciones en las discusiones políticas diarias, aunque el pasado sábado hizo una aparición para saludar a sus militantes. No existe una prohibición judicial que le impida opinar sobre política; sin embargo, su situación de detenida impone limitaciones en su rutina y afecta su participación pública. Dentro de la lógica kirchnerista, se considera que hablar menos mantiene vigente su situación judicial.
Este nivel de reticencia se interpreta como parte de una estrategia para la reestructuración del peronismo. Dirigentes próximos a Kirchner, como Máximo Kirchner, mantienen diálogos con referentes de diversas provincias, incluyendo a Capitanich, Sergio Uñac, Ricardo Quintela y otros destacados. El objetivo es ampliar acuerdos y evaluar candidaturas que cuenten con el respaldo de diferentes sectores. La posibilidad de que Gerardo Zamora forme parte de una fórmula está presente en las especulaciones del peronismo, aunque no existe ningún tipo de negociación concreta en curso. Las decisiones políticas y las elecciones siguen siendo cuestiones desarticuladas.
Por el momento, la confrontación más inmediata se centra en el Congreso. El Gobierno aspira a suprimir o al menos postergar las PASO nacionales para 2027. Para Milei, esto representa una reforma favorable debido a los costos asociados al mecanismo y su crítica a las primarias obligatorias. En contraste, el peronismo ve mayor valor en dicho instrumento, que permite a sectores enfrentados competir dentro de una misma coalición, legitimar candidatos mediante el voto y llegar a la elección general sin resolver todas las discusiones en negociaciones cerradas.
La defensa de las PASO es fundamental para mantener un instrumento que permita la organización interna y frenar una de las principales iniciativas del Gobierno sobre las reglas electorales. Esta confrontación institucional tiene consecuencias directas para la contienda de 2027 y reúne a líderes que no logran coincidir en un candidato presidencial ni en la dirección partidaria: Cristina Kirchner, Massa, Kicillof y varios operadores parlamentarios como José Mayans, Juliana Di Tullio y Cecilia Moreau están alineados en este objetivo.
El oficialismo requiere 37 votos para hacer pasar su reforma en el Senado, y aún no tiene los apoyos garantizados. Santilli está en negociaciones con gobernadores y líderes provinciales que distinguen entre eliminar las primarias de manera definitiva y suspenderlas temporalmente. Algunos gobernadores de la oposición muestran apertura a discutir una suspensión, pero no están dispuestos a respaldar la eliminación del sistema. Esta discrepancia obliga a la Casa Rosada a recalibrar sus planes, lo que explica el interés de Cristina Kirchner por conocer el estado real del manejo de votos: lo que se dice desde el Gobierno puede ser alentador, pero la viabilidad de una mayoría parlamentaria es otra cuestión.
El peronismo, por su parte, no cuenta con un plan alternativo claro. La organización de una interna nacional presenta complejidades relacionadas con los registros, financiamiento y la legitimidad ante sectores desconfiados. La posibilidad de una elección general con varios candidatos peronistas es otra opción, pero puede conllevar riesgos de fragmentación y demandar acuerdos previos para evitar rupturas definitivas. Las PASO ofrecen un camino de resolución, aunque no garantizan la unidad posterior. Este mecanismo puede facilitar la ordenación de candidaturas, pero no reemplaza el nivel de confianza necesario entre aquellos que deberían compartir un proyecto de gobierno.
En este contexto, el papel de Jaldo emerge como un punto de fricción diferente. El gobernador de Tucumán utilizó el acto del 17 de octubre para demandar autonomía en relación a las direcciones nacionales. “Nadie de Buenos Aires, sea del partido que sea, me va a venir a decir lo que tengo que hacer con mi provincia. Tucumán está primero”, afirmó Jaldo, reafirmando su deseo de competir en 2027. Esta declaración fue dirigida a sus rivales internos, en un escenario de creciente conflicto con el exgobernador Juan Manzur, quien realizó su propia celebración por el Día de la Lealtad.
Desde La Cámpora se ha respondido a esto con una crítica que reinterpreta el reclamo de Jaldo. Aunque sostienen que el gobernador busca independencia respecto a Cristina Kirchner y el PJ a nivel nacional, también lo acusan de aceptar direcciones políticas desde la Casa Rosada. En sus reproches mencionan a Milei, Karina Milei, Santilli y Santiago Caputo, a quienes se les atribuye la capacidad de influir en las decisiones de su bancada. Si bien no hay evidencia de una cadena de órdenes en cada votación, los legisladores que apoyan a Jaldo tienden a alinear sus decisiones con el oficialismo. La acusación que resume este reproche en La Cámpora es: “Los porteños lo tienen cortito”.
La semana pasada se evidenció esto cuando Gladys Medina, Javier Noguera y Elia Fernández, tres miembros del bloque Independencia que están vinculados a Jaldo, no asistieron a la sesión en la que la oposición trató de avanzar contra el DNU 70/2023. La falta de estos representantes contribuyó a que el oficialismo evitara discutir uno de los decretos más relevantes de la gestión de Milei, lo que intensifica las críticas de los sectores kirchneristas hacia Jaldo.
El conflicto también posee un componente regional. Manzur se fotografió con Cristina Kirchner, lo que lo posiciona del lado opuesto a Jaldo, su antiguo aliado y actual rival. El gobernador de Tucumán está construyendo una relación propia con el Gobierno nacional, defendiendo esta estrategia por las necesidades de su provincia. El kirchnerismo ve esta actitud como diferente a la de otras fuerzas autónomas como las que gobiernan Misiones o Neuquén, cuya identidad no depende del PJ. La crítica hacia Jaldo varía: llegó al poder como peronista y sigue reclamando esa afiliación mientras pacta decisiones legislativas con Milei.
En síntesis, las tensiones se condensan en esos 40 minutos de conversación en San José 1111. Cristina Kirchner y Massa dialogaron sobre elecciones internacionales y formularon una pregunta concreta sobre los respaldos al Gobierno en el ámbito local. Aunque no se resolvieron candidaturas ni se abordó la disputa bonaerense, su consulta subraya donde se están desarrollando los debates cruciales para el futuro del peronismo: mantener o sustituir las reglas que determinarán cómo se resolverán sus discrepancias previo a la contienda electoral contra Milei.
