La situación en Argentina ha despertado un nuevo debate sobre la dinámica del mercado laboral desde la llegada de Javier Milei al poder: se han creado o destruido empleos. Las estadísticas indican una disminución en los puestos de trabajo formales, pero el total de ocupados no ha caído drásticamente, en parte gracias al avance de modalidades laborales más precarias.
Desde finales de 2023, el empleo formal ha experimentado una contracción, impactando especialmente en la construcción y la industria. Sin embargo, el gobierno enfatiza que la cantidad de personas ocupadas ha permanecido en niveles altos, alcanzando incluso picos cercanos a cifras históricas. Este conteo incluye tanto el empleo formal como el informal, y muchos que han dejado empleos registrados han encontrado nuevas ocupaciones en roles más inestables, como trabajos temporales y cuentapropismo de menor escala. No se ha producido un recorte en la cantidad de empleo, sino un cambio en la calidad, lo que da lugar a diferentes interpretaciones.
En términos de proporción, el trabajo independiente representa cerca del 25% de la totalidad del empleo en Argentina, un índice que se mantiene relativamente constante a lo largo del tiempo. Comparativamente, en naciones como Brasil y México, el porcentaje supera el 30%, mientras que en economías desarrolladas, como Estados Unidos o Canadá, se sitúa entre el 6% y el 8%.
En América Latina, el trabajo independiente tiende a ser menos lucrativo que el empleo formal. En Argentina, los ingresos mensuales de estos trabajadores oscilan entre 500 y 800 dólares. Sin embargo, estos números reflejan una gran diversidad de perfiles profesionales. Por ejemplo, en México, que tiene ingresos laborales promedio relativamente bajos dentro de la OCDE, los independientes suelen estar en la parte más baja de la escala salarial. Brasil presenta una situación similar.
Ezequiel Auspitz, licenciado en Ciencias Políticas y emprendedor en Brasil, comenta que en su país un tercio de la fuerza laboral es autónoma, lo que equivale a aproximadamente 33 millones de personas. “Y viene creciendo; en los últimos diez años aumentó 10%. Obviamente, apalancado por la pandemia y la digitalización —añade—. No es un fenómeno pasajero, ya es estructural”.
Auspitz distingue entre los “cuentapropistas clásicos”, que abarcan oficios como la albañilería y el servicio doméstico, y aquellos con “personalidad jurídica”, como profesionales que han creado sus propias empresas. También menciona a los “plataformizados”, quienes utilizan aplicaciones para trabajar.
Según Auspitz, una gran parte del segundo grupo proviene de los cuentapropistas, pero “con capacidad de crecer de manera constante en el tiempo; no se quedan solo con generar ingresos para el autosustento”. La ubicación en la que se encuentren influye en “el problema de la falta de cobertura social y la mayor probabilidad de alternar entre el empleo y el desempleo”.
“Brasil es complicado en términos laborales, y más al norte, más difícil —subraya—. No hay que pensar que es sencillo vivir con poco. Hay una noción idílica que no se alinea con la realidad. Durante ciertas temporadas, muchos emigrantes generan suficiente dinero para subsistir durante el año y luego muchos continúan en plataformas. Un número menor empieza su propio negocio y, menos aún, logran establecer empresas. Todos autónomos, pero con diferentes configuraciones”.
Daniel Alves, quien reside en Paraguay, destaca que este país tiene una larga tradición de cuentapropistas. “Muchísima gente se genera su propio trabajo porque el empleo formal no alcanza para todos. Hay desde vendedores ambulantes hasta quienes formalizan su emprendimiento. Precisamente, eso ha crecido mucho en los últimos tiempos; hay más personas vendiendo online y ofreciendo servicios de forma independiente. Sin embargo, la informalidad sigue siendo elevada: gente que trabaja a diario sin estar registrada”.
Alves también observa que, aunque algunos luchan por llegar a fin de mes, hay quienes, si se organizan bien, pueden ganar más que un empleado formal. “Las contrataciones a cambio de facturación existen, pero no son comunes como en otros países. Aquí hay menos estructura de freelance profesional y más autoempleo puro”.
La situación en Chile es intermedia. Es uno de los países con menos informalidad relativa en la región, lo que se traduce en que los trabajadores salariales gozan de ingresos más altos y estables en comparación con los independientes. Por otro lado, en Panamá el trabajo independiente se expande en el sector servicios, aunque existe un sector formal fuerte que ofrece mejores salarios, siendo el cuentapropismo más un complemento que una sustitución del empleo asalariado.
El contraste más marcado se presenta en América del Norte. En Estados Unidos, el salario promedio anual ronda los 50,000 dólares netos y los trabajadores independientes pueden alcanzar ingresos brutos similares, aunque deben asumir sus propios costos (salud, vehículo, impuestos).
En Canadá, se observa un patrón similar, con ingresos comparables a los estadounidenses, aunque con un nivel de trabajo independiente relativamente bajo. El sistema de protección social ayuda a mitigar parte del riesgo.
En Europa, la relación entre asalariados e independientes también muestra diferencias, pero con un marco regulatorio más robusto. En España e Italia, los salarios promedio rondan los 30,000 dólares anuales según la OCDE, y los autónomos enfrentan ingresos más variables y, en muchos casos, inferiores. Sin embargo, la mayoría de ellos está formalizada, contribuyen con seguros y son parte del sistema.
Ivanna Torres Riesco, periodista en Madrid desde hace cuatro años, observa que la mayoría busca empleo asalariado “por la comodidad de los aportes, la seguridad del contrato y porque es un requisito absoluto para alquilar un piso: sin contrato indefinido ni nóminas, es mucho más difícil acceder a un alquiler”.
Referente a los autónomos, menciona que “hay una realidad que se ha comentado hace un tiempo y que ha salido a la luz en los medios, la de los ‘falsos autónomos’: trabajadores que, aunque son empleados de una empresa, están obligados a facturar como si fueran independientes”. Hace referencia a una investigación que detectó 18,000 falsos autónomos en los años anteriores a la aprobación de la ley rider, diseñada para regularizar el trabajo de repartidores de aplicaciones.
“A pesar de esa ley, aún hay muchas personas extranjeras que siguen trabajando como autónomas en el reparto a domicilio, ya que es la vía más rápida para conseguir trabajo —describe—. Este problema de precariedad afecta no solo a los repartidores, sino también a otros sectores y personas, incluso españolas”.
Por ejemplo, ilustra con su profesora de danza, quien “siempre habla de la dificultad que enfrenta para trabajar por cuenta propia y la presión que recibe de Hacienda al momento de declarar la Renta. La demanda de mayor protección social y menos incertidumbre es un reclamo común entre los autónomos”.
Desde París, Paula Forteza también es testigo de estas dinámicas en el trabajo independiente y su impacto en las economías de los países latinoamericanos y más allá.
