Las palabras de Sadosky evocan inmediatamente una imagen que se ha convertido en símbolo de las atrocidades cometidas: la violencia ejercida por el régimen y la ignorancia que la sustentaba, preludio del proceso genocida que se desataría en el país con el golpe del 24 de marzo de 1976. Esa icónica imagen captura el instante en que un grupo de profesores, graduados y estudiantes de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) fue atacado con saña por una hilera de policías federales armados con bastones, esos bastones que la entrañable Mafalda, la célebre creación de Quino, definió como “los palitos de abollar ideologías”. Así quedaría grabada en la historia la Noche de los Bastones Largos.
En aquel momento, el general Juan Carlos Onganía había asumido la presidencia hacía apenas un mes, eludiendo el orden constitucional tras derrocar a Arturo Umberto Illia. La visión retrógrada del dictador, moldeada por su formación católica y la Doctrina de Seguridad Nacional, dibujaba a las universidades argentinas no como centros de formación de profesionales y científicos, sino como cuevas de conspiración marxista internacional. Entre todas, la UBA, reconocida globalmente por su calidad educativa, era considerada la más peligrosa, un auténtico criadero de subversivos.
“Onganía,” a quien sus allegados apodaban “El Caño”, no por su rectitud sino por su vacuidad, estaba convencido de que contaba con pruebas irrefutables para demonizar a la universidad. Recordaba cómo, un año antes, tras la intervención militar en Santo Domingo para evitar el establecimiento de “una segunda Cuba”, el Consejo Superior de la UBA había emitido una declaración en contra de la invasión y en defensa de la autodeterminación de los pueblos. Los estudiantes, además, habían salido a la calle, desafiando a la policía hasta que fueron dispersados por gases lacrimógenos cuando pretendían alcanzar el Congreso. Para Onganía, ese recuerdo bastaba para justificar su animosidad hacia la UBA y, por ende, hacia la educación pública en general.
Pero no solo eso. Onganía temía que la UBA socavara el poder de su autodenominada “Revolución Argentina”. En la misma noche del golpe que destituyó a Illia, el rector Hilario Fernández Long había hecho un llamado a los docentes, estudiantes y graduados para que defendieran la autonomía de la universidad y a las autoridades legítimamente elegidas, instando a mantener vivo el espíritu democrático del país.
Fernández Long, un ingeniero de Necochea y demócrata cristiano, no encarnaba en lo más mínimo el arquetipo de “demonio rojo” que la nueva dictadura pretendía imponer; sin embargo, esto no era un argumento suficiente para Onganía. Tras la convocatoria de su rector, el Consejo Superior de la UBA emitió una declaración exhortando a los claustros a continuar defendiendo la autonomía universitaria, un logro alcanzado en 1918 durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen. El golpe militar había derrocado a otro gobierno radical, algo que Onganía consideró una afrenta inaceptable.
Los claustros académicos estaban en estado de tensión, pero el dictador se tomó su tiempo para actuar. Finalmente, el 29 de julio, promulgó el decreto 16.192, el cual, aunque no usaba el término intervención, establecía que las universidades pasarían a depender del Ministerio del Interior, es decir, de las fuerzas de seguridad, en vez de la cartera de Educación. A los rectores se les exigió que se transformaran en interventores bajo la supervisión de ese ministerio, dándoles 48 horas para decidir si continuaban en sus cargos o renunciaban.
Ante esta intimidación por parte del régimen, diversas autoridades, docentes y estudiantes se reunieron en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales, Filosofía y Letras, Medicina, Arquitectura e Ingeniería para debatir medidas de resistencia. Mientras estaban en eterna discusión sobre las acciones a tomar, la Policía Federal comenzó a cercar el edificio. La guardia de infantería, bajo el mando del general Mario Fonseca, se posicionó alrededor de la Manzana de las Luces, un sitio histórico que había sido escenario de resistencia incluso durante las invasiones británicas, donde se encontraba la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA.
Poco después de las 10 de la noche, Fonseca dio la orden de ejecutar la “Operación Escarmiento”, y las fuerzas de seguridad irrumpieron en los edificios de la facultad con brutalidad. Rolando García, el decano de Exactas, se enfrentó a los policías, resultando herido en la mano por un golpe de bastón. Otros docentes, estudiantes y graduados intentaron hacer frente, pero fueron golpeados y finalmente forzados a salir con las manos en alto, pasando entre las hileras de policías que continuaban agrediéndolos. Esta escena se convirtió en la imagen icónica de aquella noche.
En la misma línea, en la Facultad de Filosofía y Letras, que tenía su sede en la Avenida Independencia, la guardia de infantería había comenzado a actuar. Los estudiantes, concentrados en el hall de ese antiguo edificio, decidieron resistir. De repente, la puerta fue violentada por la policía, que ingresó y comenzó a golpear de manera indiscriminada. Entre los jóvenes presentes se encontraba Horacio González, quien recibió un fuerte golpe en la cabeza y cayó desmayado ante sus compañeros. Una vez recobrado después del shock, sus amigos lo sacaron a la fuerza del edificio para llevarlo a un centro médico, evitando así su detención.
Onganía, anclado en una visión retrógrada y estrecha, no habría imaginado que su represión generaría una ola de repudio tanto dentro como fuera de Argentina. Al día siguiente, un profesor norteamericano llamado Warren Ambrose, quien se encontraba de visita en la Facultad de Ciencias Exactas, escribió una carta al editor de un importante diario neoyorquino que la publicó de inmediato. Relatando su experiencia aterradora, Ambrose describió: “De repente, entró la policía. Me dijeron que tuvieron que forzar las puertas. Pero lo primero que escuché fueron explosiones, que resultaron ser gases lacrimógenos. Los soldados nos ordenaron, a gritos, que pasáramos a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer de pie, con los brazos en alto, contra la pared”.
Más adelante, el profesor añadía: “El procedimiento para que hiciéramos eso fue gritarnos y golpearnos con palos (…). Todos estábamos asustados y nadie tenía la intención de resistir. Nos agarraban uno a uno y nos empujaban hacia la salida del edificio. Pero antes nos hacían pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de diez pies, que nos golpeaban con palos o culatas de rifles (…). A mí, como a los demás, me golpearon en la cabeza y el cuerpo, donde pudieron alcanzarme”.
La carta de Ambrose, tras ser publicada, fue reproducida por otros medios en América Latina, Europa y Estados Unidos. La difusión de este violento ataque del régimen contra profesores y estudiantes universitarios generó repudios de destacadas universidades alrededor del mundo. En los días posteriores, aproximadamente la mitad de los docentes de la UBA decidió renunciar en protesta por la intervención y la violencia, representando miles de profesores. En respuesta, el Ministerio del Interior cerró las facultades.
Sin embargo, mientras muchos académicos optaban por renunciar, otros se adaptaban sin remordimientos a las nuevas circunstancias. Las facultades de Ciencias Económicas y de Derecho y Ciencias Sociales optaron por colaborar con el nuevo rector interventor, Luis Botet, un abogado cercano al almirante Isaac Rojas, quien se presentaba como “el juez de la Revolución Libertadora”. “En la UBA, mientras algunas cátedras, laboratorios y equipos de trabajo son eliminados y miles renuncian, en otras se respeta la continuidad, no hay grandes conmociones, y se observa incluso una consolidación de vínculos”, analizó Martín Unzué, economista y doctor en Ciencias Sociales, en su estudio sobre los apoyos al golpe de Estado de Onganía en el ámbito académico de la UBA.
Así comenzaba un desmantelamiento crítico para el desarrollo soberano de la ciencia y la tecnología en Argentina. Los institutos de investigación de la Facultad de Ciencias Exactas fueron desmantelados sin contemplaciones. Desde laboratorios de investigación básica hasta aquellos con convenios con gobiernos y otras instituciones, como el que trabajaba en el control de granizo y la producción de lluvia artificial en Mendoza, otro sobre ecología en el Chaco y aquellos que desarrollaban programas de cálculo para empresas estatales como YPF, Gas del Estado y Agua y Energía, todos quedaron sin futuro.
La intervención y el vaciamiento orquestado de las universidades por la dictadura de Onganía tuvieron un impacto devastador en el desarrollo científico nacional. Muchos de los mejores docentes y científicos optaron por emigrar al exterior, buscando escapar del velo de oscurantismo que cubría Argentina.
En un trabajo realizado para conmemorar los cincuenta años de la Noche de los Bastones Largos, la química Silvia Braslavsky y el matemático Raúl Carnota detallaron la severa pérdida que sufrió la UBA: “En la primera semana de agosto de 1966 se registraron 1.378 renuncias de docentes en la UBA: 391 en Exactas y Naturales, 305 en Filosofía y Letras, 268 en Arquitectura y Urbanismo, 180 en Ingeniería, 66 en Derecho, 35 en Ciencias Económicas; 34 en Medicina, 20 en Agronomía y Veterinaria, 14 en Farmacia y Bioquímica, 2 en Odontología y 63 en los Institutos dependientes de Rectorado”.
El 29 de julio de 1966, Carnota, quien entonces cursaba su sexto año en el Colegio Nacional Buenos Aires, ubicado también en la Manzana de las Luces, se acercó junto a otros compañeros a la Facultad de Ciencias Exactas. “Estuve allí con un grupo de estudiantes del Colegio, enfrentando la fila de bastones y pasé la noche en la comisaría 22. Mi primer contacto con estudiantes de Exactas fue en la celda; sabía lo que estaba ocurriendo, pero les escuchaba y me sorprendía todo lo que decían sobre las circunstancias políticas”, relató al presentar su investigación.
La intervención de la UBA marcó el inicio del declive de “Clementina”, la primera computadora instalada en el país. Adquirida en 1961, esta imponente máquina de 18 metros de largo y 2 metros de alto, era motivo de orgullo para el Instituto de Cálculo y para toda la Facultad de Ciencias Exactas. “Clementina realizaba cálculos para establecer pautas en el sistema de ahorros y préstamos, estudios sobre los ríos patagónicos, cálculos astronómicos como la órbita del cometa Halley. Cien personas trabajaban con ella, utilizada para censos comerciales, análisis de reactores nucleares, investigaciones cardiológicas y traducciones, incluso del ruso al español”, explicaba Carnota. Sin embargo, la fuga de cerebros dejó la máquina sin especialistas para operarla y la falta de financiamiento condenó a Clementina a la inacción. El 6 de junio de 1971, se publicó un artículo que anunciaba el desmantelamiento, planteando que sería reemplazada por una nueva, cosa que no ocurrió debido a que la licitación fue cancelada.
Las consecuencias del ataque de Onganía contra las universidades, simbolizadas en la foto de la Noche de los Bastones Largos, se prolongaron mucho más allá de los casi siete años de la dictadura de la “Revolución Argentina”. Con el tiempo, el desarrollo científico del país logró recuperar cierto prestigio y reconocimiento internacional, aunque siempre estuvo acechado por oscuros intereses económicos y, en ocasiones, por políticas gubernamentales que buscan destruirlo nuevamente.
