Transformación en el campo: cómo una empresa familiar alcanzó resultados sorprendentes en la ganadería

El Compinche Agro comenzó su recorrido en 2018 tras la división de la antigua sociedad Haras la Quebrada. Esta reorganización permitió que María Inés Ceriani Cernadas gestionara dos unidades productivas: una explotación ganadera de 2200 hectáreas en Benito Juárez y un campo agrícola de 1060 hectáreas en Teodelina, según detalló Diego Thays, esposo de María Inés. En el establecimiento agrícola, se cuenta con 960 hectáreas de elevada productividad en Teodelina, donde se implementa una rotación que incluye trigo, soja de segunda, maíz y soja de primera. En maíz, se aplica genética de alto rendimiento, logrando un promedio de 13.000 kilos por hectárea en los últimos años. En soja, se están adoptando variedades de alta producción y una transición hacia Enlist ha permitido alcanzar 5000 kilos por hectárea. En cuanto al trigo, se emplea genética de diversos criaderos, alcanzando 8100 kilos por hectárea en la campaña 2025/26, destacó Eduardo Peres, gerente de producción de la empresa. La explotación agrícola se apoya en contratistas para las tareas de pulverización, siembra y cosecha, sin realizar siembras y fertilizaciones variables debido a la homogeneidad del terreno, lo que impide diferencias ambientales para su segmentación. Por otro lado, el campo ganadero comenzó con un rodeo de 1200 vientres, enfocado principalmente en la cría, acompañado por limitada agricultura. «Contamos con un rodeo bien administrado, con más de 25 años de trabajo genético y sanitario, y excelentes instalaciones», subrayó Thays. La decisión estratégica inicial fue impulsar la recría de terneros. Desde entonces, la agricultura comenzó a complementarse con la ganadería: se empezó a cultivar grano de maíz para el corral de inicio y se establecieron cultivos de maíz y sorgo para su aprovechamiento en otoño. También se introdujo cebada de doble propósito, que se utiliza como forraje para el pastoreo y para elaborar silo de autoconsumo. A medida que avanzó el tiempo, el sistema fue evolucionando en intensidad y eficiencia. Actualmente, el 90 % de la producción ganadera completa todo el ciclo. El rodeo de cría se amplió de 1200 a 1600 vientres. Después del destete en marzo, las vacas pastorean maíz o sorgo diferido en franjas, lo cual permite rescatar el campo natural para acumular forraje y asegurar una oferta adecuada de pasto durante la parición invernal. «Estos diferidos proporcionan entre 700 y 900 raciones por hectárea, consumidas de 9 a 15 horas, permitiendo el retorno a las áreas ya pastoreadas», expone Peres. Los terneros destetados con menos de 170 kilos entran a un corral inicial, donde se alimentan de silaje y un concentrado proteico pelleteado, complementado con grano de cebada según las condiciones anuales. Dos meses después, alcanzan más de 200 kilos y se trasladan a pasturas y luego a verdeos de invierno de avena y raigrás. Se controla el crecimiento del verdeo y, ante una posible reducción de forraje, se accede a silos de cebada. Aquellos terneros que pesen más de 180 kilos al destete van directamente a pasturas y verdeos invernales. Al concluir el ciclo de verdeos, en junio-julio, 200 terneros se envían al campo de Santa Fe para continuar con su recría y terminación, mientras que el resto permanece en corrales durante 120 días para ser terminados como novillos pesados de exportación. Este año, la primera venta de novillos gordos se realizó a los 14 meses, en septiembre, con un peso de 480 kilos en el campo; posteriormente, continuaron saliendo más novillos. Las hembras siguen su recría con un notable ritmo de ganancia diaria. «En junio, se separan aquellas que serán sometidas al entore a los 15 meses, pesando más de 300 kilos, para seguir siendo alimentadas con verdeos de invierno junto a silo y pasturas. El resto se alimenta con verdeos de invierno y se finaliza en corral en 80 días. Las vaquillonas de reposición son fertilizadas con semen de toros americanos de Select Debernardi, seleccionados por su facilidad de parto y su capacidad para lograr altos pesos al destete sin aumentar el tamaño de las madres», explica Peres. «Desde hace cuatro años, toda la hacienda cuenta con identificación electrónica, integrando balanza, monitor y bastón electrónico, lo que facilita los trabajos y disminuye considerablemente el margen de error en los registros», señala Thays. En el campo de Santa Fe, de las 1060 hectáreas, 45 tienen menor capacidad agrícola y se reservan para pasturas de alfalfa y cebadilla. Allí se logran ganancias diarias de entre 1,2 y 1,8 kilos por animal, complementadas con silo de maíz de autoconsumo, realizado a partir de cultivos de alto potencial. Según Peres, las claves del sistema de cría son siete: servicio estacionado corto, eliminación de vacas sin ternero, un plan sanitario estricto con chequeos minuciosos de toros y selección basada en la funcionalidad física. Es fundamental prevenir enfermedades reproductivas como campylobacteriosis y tricomoniasis. A estos pilares se suma una cadena forrajera que asegure buena alimentación del rodeo durante todo el año, personal capacitado y comprometido para la atención de partos y manejo diario de un rodeo altamente productivo, y el uso de genética de alto potencial. Finalmente, la evaluación de la producción de carne por hectárea es primordial. En el campo de Benito Juárez, se realiza inseminación artificial a tiempo fijo en 800 a 1000 vientres al año. «Al elegir los toros, nos enfocamos principalmente en los caracteres maternales: precocidad sexual, fertilidad y longevidad de las vacas. Luego buscamos altas ganancias de peso al destete hasta los 18 meses; después de esa edad, la curva de crecimiento se detiene», señala Jaime Mc Lean, médico veterinario responsable de la sanidad y reproducción de los vientres de la empresa. Gracias a este enfoque integral, el establecimiento de Benito Juárez, parte del CREA local, ha incrementado su producción de carne de 120 a 240 kilos por hectárea en cría pura, y en Santa Fe, la agricultura de alta producción se mantiene estable, gracias a la calidad de los suelos y un manejo agronómico consciente de todas las variables que influyen en la producción.
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