Para Kees, de 28 años, este resultado es la culminación de un esfuerzo que ha abarcado varias generaciones familiares, continuado en la actualidad junto a su madre, Mercedes, tras el fallecimiento de su padre, Eduardo, hace cinco años.
«Son unos nervios previos a entrar a la jura. Es un compromiso muy grande porque representa todo el trabajo de tantos años, de toda la familia que viene atrás y que hoy nos toca continuar a nosotros. La verdad que anduvimos bien y, con un premio, más que satisfechos por todo el trabajo», comentó.
La historia de El Candil se remonta a más de 40 años, cuando Eduardo Kees fundó la cabaña con el propósito de producir los toros que necesitaba para su propio establecimiento. A lo largo del tiempo, la selección genética y la incorporación de nuevas tecnologías permitieron a la cabaña evolucionar hasta lograr el nivel que hoy exhibe en Palermo. Actualmente, el establecimiento trabaja con las razas Braford, Brangus y Brahman, aunque fue con un ejemplar Braford que decidieron debutar este año en la pista de Palermo.
«La cabaña la comenzó mi padre hace unos 40 años con el objetivo de generar toros para nuestro uso propio. Con el tiempo, se fue puliendo la calidad y aplicando tecnología, incluyendo la transferencia embrionaria. Ha evolucionado hasta lo que hoy tenemos», relató.
Los rodeos de la cabaña se localizan en el noroeste chaqueño, una región caracterizada por sus condiciones climáticas extremas. En el verano, las temperaturas pueden alcanzar entre 45 y 50 grados, mientras que en invierno los termómetros pueden descender a dos o tres grados bajo cero. «Es una zona bastante dura. Tenemos veranos de entre 45 y 50 grados y también inviernos fríos. Pero los animales se crían y se reproducen allí. La raza Braford, por su plasticidad, se adapta muy bien a la zona», explicó.
A pesar de que la familia lleva más de 40 años dedicada al Braford, no habían llevado animales a competir en Palermo. Hasta esta ocasión, su participación se limitaba a exposiciones regionales. «Siempre competíamos en algunas exposiciones regionales, muy pequeñas. Este es el primer año participando propiamente aquí, en Palermo. Para nosotros significa culminar todo el trabajo que se viene haciendo», indicó.
El viaje desde Chaco fue extenso, pero el propósito no se limitaba a conseguir un premio. También buscaban demostrar el nivel genético alcanzado tras décadas de selección. Este esfuerzo se personificó en una vaquillona apodada “Cataleya”, un nombre que surgió de manera casi espontánea. «La apodó mi madre junto con los muchachos del campo», contó entre risas. Esta hembra se convirtió en una de las estrellas del día. «Veníamos con muchas expectativas, pero sobre todo queríamos mostrar lo que hacemos», dijo.
Actualmente, la responsabilidad de la cabaña recae en Juan Cruz y su madre. Aunque el cambio fue inesperado tras la muerte de Eduardo Kees, el joven afirma que nunca dudó en seguir este camino. «Creo que desde que tengo uso de razón voy al campo y me gusta. Nunca me obligaron; simplemente se fue dando. Hace cinco años me toca estar al frente de la empresa con mi madre y seguimos con muchas ganas de llevar esto para adelante», expresó.
Para el criador, el desafío no radica solo en mantener una cabaña con más de cuatro décadas de historia, sino en continuar el legado familiar. El premio obtenido en Palermo simboliza un reconocimiento significativo, pero también el inicio de una nueva etapa. «Hoy nos toca estar a nosotros, a mi madre y a mí, porque mi papá falleció. Tenemos el compromiso de seguir ese legado», concluyó.
