La emoción se disparó tras el impacto de Mostafa Ziko, quien, pese a su grandiosa asistencia, sumió a los hinchas albicelestes en un mar de incertidumbre. A solo diez minutos del final, el partido parecía inclinarse en favor de Egipto, pero fue entonces cuando Argentina mostró su verdadero carácter, dejando todo en el campo de juego. Romero, transformado en un tercer delantero junto a Lautaro Martínez y Julián Álvarez, dio vida a un team en llamas. Con un gol al minuto 79, su gesto lo decía todo: “Vamos, vamos”, repetía el número 13 con fervor.
Mientras esto sucedía, Scaloni se adentró en el banco de suplentes y dejó la responsabilidad a uno de sus asistentes, Pablo Aimar, quien levantó las manos en un claro intento de motivar a un equipo que parecía fatigado. Sin embargo, la atmósfera comenzó a cambiar. Lionel Messi se activó y realizó un movimiento táctico decisivo que facilitó la remontada: detectó espacio en el flanco derecho de la defensa egipcia, una zona que le fue familiar en sus inicios en el Barcelona, y allí se volvió letal.
Argentina intensificó su presión y Egipto, como un boxeador dañado, no pudo resistir el embate. A los cuatro minutos del golpe que significó el 2-1, Messi, el hombre de la zurda mágica, se encargó de empatar el partido. El delirio estalló en el banco local —Argentina actuó como local por designación oficial—, y Scaloni no pudo contener las lágrimas, girándose para hacer el característico gesto de “andá” tras la brillante ejecución de su astro que superó a Shobeir.
Un momento curioso fue ver a Roberto Ayala, uno de los asistentes de Scaloni, sosteniendo el cartel del cuarto árbitro para señalar cambios. Su presencia generó más preguntas que respuestas entre los miembros de la delegación argentina.
Con el encuentro empatado y el tiempo agotándose, el Atlanta Stadium se convirtió en un verdadero hervidero. La afición no cesó en su apoyo a un equipo que había brillado desde su victoria en la Copa América 2021 en Brasil. Pero aún quedaba lo mejor por venir. Messi se volvió protagonista nuevamente en el tercer gol, aunque curiosamente, no tocó el balón.
Su acción fue fundamental: Salah, tratando de penetrar en el área, fue detenido habilidosamente por Julián, quien, sin cometer falta, recuperó la posesión. Después, impulsado por Lautaro y Enzo, el capitán argentino realizó un gesto inteligente, indicándole a Julián que lanzara la pelota hacia Martínez. El desenlace es conocido: Lautaro logró un hermoso centro, que fue conectado de cabeza por Enzo, llevando el marcador a un épico 3-2, manteniendo así a Argentina en un Mundial lleno de emociones.
Mientras la agitación se apoderaba del campo, el técnico egipcio Hossam Hassan realizó un gesto controvertido que le costó una amonestación del árbitro francés Francois Letexier. Sus brazos cruzados evidenciaban una señal universal utilizada por los árbitros al tratar incidentes de racismo, un gesto que ya había utilizado en situaciones previas en competiciones internacionales.
Tras el partido, Hassan expresó su opinión en conferencia: “Parecía haber presión por parte de Argentina sobre el árbitro, lo que condujo a este desenlace. Éramos mejores, pero el fútbol no es justo, tal vez ellos (por la FIFA) quieren que el campeón del mundo y Messi sigan en la Copa del Mundo por el marketing”.
Argentina realizó una remontada épica, algo poco común en la historia de los Mundiales, gracias a la astucia de Messi y un equipo que, como ellos mismos afirman, nunca te abandona. De esta manera, lograron revertir lo que parecía ser un desenlace trivial en una hermosa historia que une al mejor seleccionado argentino de todos los tiempos con su fervoroso público.
