Sin embargo, al examinar sus aportes académicos, surgen contradicciones significativas.
Para apreciar la verdadera complejidad de esta situación, es fundamental volver a las bases de su obra. Heckman no se define como un filósofo del libre mercado ni un teórico abstracto. Se perfila como un experto en el análisis de datos. Su Premio Nobel, reconocido en el año 2000, recompensó su enfoque para abordar un problema crucial en la economía: el sesgo de selección muestral. En su artículo clave de 1979 publicado en Econometrica, demostró cómo los modelos convencionales se veían afectados por distorsiones estadísticas debido a la omisión de variables inobservables que determinan por qué ciertas personas acceden al mercado laboral mientras que otras quedan excluidas.
Su pasión por desentrañar lo que la economía clásica pasaba por alto lo llevó a descubrir que la desigualdad estructural no es un fenómeno incidental que el mercado corrige por sí solo, sino una problemática que se origina en la infancia temprana. Este hallazgo confronta directamente el enfoque libertario que asume una competencia equitativa entre agentes libres. A través de estudios longitudinales como The Effects of Cognitive and Noncognitive Abilities on Labor Market Outcomes (Heckman, Stixrud & Urzua, 2006), Heckman evidenció que el éxito económico se vincula no solo con el intelecto, sino también con habilidades “no cognitivas”, como la perseverancia, la autodisciplina y la estabilidad emocional. El resultado de este análisis, formalizado en The Technology of Skill Formation (Cunha & Heckman, 2007), es devastador para la concepción de laissez-faire: estas habilidades se desarrollan en un proceso de “complementariedad dinámica”, donde las capacidades adquiridas en la infancia temprana potencian el aprendizaje posterior. Las oportunidades neurológicas y conductuales se desvanecen rápidamente. Si el Estado se retira y el entorno familiar es insuficiente, el mercado sin restricciones no actúa como un igualador de oportunidades, sino que se convierte en un mecanismo eficaz que intensifica la desigualdad.
Entonces, ¿por qué el autor de tales descubrimientos apoya la agenda de un gobierno que promete desmantelar el Estado?
La respuesta radica en la concepción que tiene Heckman sobre la eficacia del gasto público. En su exhaustivo análisis The Economics and Econometrics of Active Labor Market Programs (Heckman, LaLonde & Smith, 1999), evaluó los programas estatales de capacitación para adultos desempleados y jóvenes desfavorecidos, concluyendo que su efecto es marginal o incluso nulo. Su célebre “Curva de Heckman” ilustra que la rentabilidad de la inversión pública disminuye drásticamente con la edad del individuo. Tratar de compensar a un joven de 18 años que ha padecido privaciones cognitivas y afectivas durante sus primeros mil días mediante subsidios o capacitaciones no solo resulta ineficaz para su inclusión laboral, sino que también representa un costo financiero elevado para el Estado en términos de capital social. Su apoyo a la desregulación no es una rendición ante el anarcocapitalismo, sino un rechazo contundente a las políticas sociales reparatorias y burocráticas.
Su amplia producción sobre evaluación de impacto empírico demuestra que los programas tradicionales de gasto estatal, sustentados en transferencias asistenciales o capacitaciones laborales para adultos, generan tasas de retorno que se aproximan a cero. Heckman critica al Estado ineficiente y capturado por intereses corporativos por malgastar recursos en intentar remediar problemas que debió prevenir en la infancia. Según su perspectiva, las políticas públicas efectivas no se justifican por un imperativo moral, sino por su alta rentabilidad económica. Las evidencias son contundentes: las intervenciones tempranas, como los programas de bajo costo que buscan mejorar la interacción de padres vulnerables con sus hijos, generan retornos sociales que pueden alcanzar el 10% anual por cada dólar invertido, aumentando la productividad futura y reduciendo la criminalidad.
Heckman apoya la agenda de Milei porque sus datos indican que desmantelar una economía cerrada y corporativa es esencial para el crecimiento. Aunque aplaude la eliminación de las estructuras de la vieja política, su estancia en Buenos Aires deja una advertencia implícita en sus propias cifras. Liberar las fuerzas productivas requiere un Estado que actúe de manera inteligente y activa, invirtiendo estratégicamente en áreas donde el mercado muestra ceguera estructural, promoviendo así la “predistribución” en lugar de la “redistribución”. Si, en su búsqueda de un déficit cero, se destruyen las oportunidades críticas de los primeros mil días de vida, el modelo fracasará desde su raíz. Este fracaso no será solo un efecto de la oposición política, sino la constatación tangible de lo que el Nobel vino a celebrar.
