Un estudio sugiere que la forma de la cabeza podría ser un factor inesperado en el riesgo de Alzheimer

Las enfermedades que afectan la capacidad de pensar, recordar y mantener una identidad personal suelen tener un inicio preciso en áreas específicas del cerebro. Este fenómeno, conocido como “vulnerabilidad selectiva” en el ámbito de la neurociencia, plantea un enigma significativo: ¿por qué estas patologías comienzan en esos lugares concretos? La búsqueda de respuestas sobre por qué ocurre y cómo se puede prevenir o detener constituye un objetivo esencial en el estudio de estas enfermedades. Un caso ejemplar es el Alzheimer, que generalmente se establece años antes de que los síntomas de memoria se vuelvan evidentes. En esta etapa inicial, la proteína tau comienza a formar ovillos y las células sufren muerte neuronal en una región próxima a la base del cerebro, conocida como la corteza entorrinal. Recientemente, un estudio preliminar reveló que la acumulación de tau en esta área estaba asociada con la progresión del Alzheimer, pero solamente en aquellos casos donde esta región se encontraba cerca del borde de la incisura tentorial, una abertura en la cubierta exterior del cerebro. Esto abre la puerta a interrogantes fascinantes: ¿podrían las tensiones mecánicas a las que estamos expuestos a diario, combinadas con la presión gravitacional a lo largo de los años, crear puntos de presión en el cerebro? ¿Podría ese desgaste mecánico tener implicaciones en el riesgo de desarrollar Alzheimer? Y, por último, ¿podrían las variaciones en la anatomía craneal de los individuos ayudar a explicar por qué algunas personas desarrollan demencia y otras no? «La idea comenzó a comentarse discretamente en los círculos de neuropatología», contó un neuropatólogo asociado a la Escuela de Medicina Icahn de Mount Sinai en Nueva York. Este especialista se unió a un ingeniero biomédico de neuroimágenes procedente de la Universidad de Columbia con el fin de examinar este concepto en una muestra reducida de 47 pacientes que presentaban deterioro cognitivo leve. El artículo resultante de esta investigación fue publicado recientemente en la revista Alzheimer’s & Dementia. La hipótesis es intrigante, particularmente porque evoca algunas teorías del siglo XIX que se habían desacreditado hace tiempo, donde se usaba la forma de la cabeza para predecir rasgos de carácter y justificar posturas racistas. Sin embargo, otros investigadores han señalado que el enfoque es cautivador, aunque la evidencia presentada es preliminar y tendría que ser objeto de una validación más exhaustiva. Aplaudieron el trabajo por introducir una nueva idea en el debate científico. «Es algo realmente fuera de lo convencional, lo que encuentro fascinante», comentó un neurólogo de la Universidad de California en San Francisco que no participó en el estudio, a la vez que destacó que la propuesta requiere más respaldo para que sea considerada concluyente. «Deberíamos ser más abiertos a pensar en términos no convencionales respecto a cómo entender los riesgos de la neurodegeneración», expresó. En gran medida, nuestro conocimiento sobre el cerebro humano proviene de autopsias, donde el órgano es estudiado fuera de su contexto original. En otras palabras, se ha analizado frecuentemente sin considerar su relación viva con el cráneo. Aunque se ha examinado el vínculo entre el cráneo y el tejido cerebral blando en el contexto de traumatismos, su relevancia ha sido poco estudiada en muchas enfermedades neurodegenerativas. Precisamente es en esta intersección que el Dr. Crary, quien dirige un banco de cerebros, encontró un área de interés. Este neuropatólogo había investigado una forma de neurodegeneración conocida como encefalopatía traumática crónica (ETC), que es consecuencia de golpes repetidos en la cabeza. La ETC demostró que las fuerzas mecánicas pueden provocar la acumulación de ovillos tóxicos de tau. Además, Crary recordó un artículo de 1958 que relataba un conjunto no convencional de datos obtenidos de autopsias, en las que se había removido una parte del cráneo. Esto despertó su curiosidad, ya que presentaba una gran variabilidad en el tamaño de un orificio en el cerebro denominado escotadura tentorial, que representa una frontera entre dos compartimentos. Tras un daño agudo o un derrame cerebral, el tejido cerebral puede hincharse y presionar contra los límites de la rígida escotadura tentorial. Crary empezó a preguntarse: ¿podrían los efectos acumulativos de toda una vida de movimiento tener un impacto similar? «Algunas personas tienen escotaduras grandes, otras pequeñas; algunas son largas, otras son cortas», describió Crary, añadiendo que al observar esto pensó que podría ser un factor de riesgo. Crary, quien se autodenomina inconformista y posee un póster de Los expedientes secretos X en su oficina con la frase «Quiero creer», reconoció la dificultad que tuvo para captar la atención de sus colegas científicos respecto de una idea tan alejada de las teorías dominantes. Sin embargo, para llevar a cabo su investigación necesitaba un socio con una mentalidad abierta y habilidades técnicas, y así lo encontró durante un vuelo de regreso de una conferencia en Lisboa. Provenzano, el ingeniero biomédico, que había estado trabajando hasta tarde para revisar proyectos de subvenciones y se sentía fatigado, se sentó al lado de Crary. Al comenzar una conversación, Crary mostró su computadora portátil y expuso su teoría de que una vida de sacudidas en una región particular del cerebro, donde el tejido blando se une a estructuras más rígidas, podría explicar por qué el Alzheimer se manifiesta comúnmente en la corteza entorrinal. Provenzano, con un modelo tridimensional de esta región cerebral en su escritorio, se mostró entusiasmado. «Como ingeniero biomédico, soy como un rinoceronte frente a un incendio. Debo resolver el problema. Le dije: ‘John, esto es extraordinario, podemos abordarlo'», recordó Provenzano. Con el objetivo de investigar si la anatomía cerebral podría ayudar a explicar el riesgo de Alzheimer, los científicos analizaron escaneos médicos de 47 individuos con deterioro cognitivo leve que presentaban ovillos de tau en la región vulnerable. Examinaron la distancia entre el borde rígido de la escotadura tentorial y la corteza entorrinal. Aunque esta distancia no predijo la cantidad de ovillos de tau en el cerebro, se descubrió que la tau en la región de riesgo estaba relacionada con el desarrollo de demencia en los tres años siguientes, pero solamente entre aquellos individuos que tenían un espacio reducido entre la escotadura y la corteza entorrinal. Ambos investigadores reconocen que su pequeño estudio es solo una base inicial y no una conclusión definitiva. No obstante, esperan que sus hallazgos motiven la realización de investigaciones posteriores. Durante mucho tiempo, el enfoque en el ámbito del Alzheimer ha estado centrado en los depósitos tóxicos de beta amiloide y, más recientemente, en los ovillos de tau. Se han aprobado varios tratamientos que buscan eliminar el amiloide, pero sus resultados han sido limitados para los pacientes. Un neurocientífico del University College de Londres comentó que el artículo de Crary y Provenzano presenta una “correlación intrigante”, además de suscitar numerosas cuestiones adicionales a investigar. Afirmó que es sencillo especular sobre las diversas maneras en que las tensiones mecánicas cotidianas podrían contribuir al riesgo de Alzheimer. Por ejemplo, las células cerebrales denominadas microglía, encargadas de eliminar beta amiloide del cerebro, son sensibles al estiramiento. Sin embargo, agregó que existen otros factores que podrían correlacionarse con la distancia entre las dos regiones cerebrales y que también podrían jugar un rol importante. Las ideas planteadas por Crary y Provenzano necesitan ser validadas a través de más investigaciones, pero aunque eso no se logre, podrían dar lugar a nuevas observaciones e ideas que den inicio a nuevas líneas de estudio. Un neurobiólogo de la Universidad de California en Irvine expresó que el artículo generaba un entusiasmo cauteloso. Su propio laboratorio había publicado un artículo el año pasado en Nature Communications, el cual analizó cómo la forma del cerebro varía a lo largo de la vida. Su equipo documentó los efectos del “hundimiento por gravedad”, que comprime el cerebro en ciertas direcciones mientras lo estira en otras. Encontraron que algunos aspectos de esta remodelación eran más pronunciados entre los adultos mayores que experimentaban deficiencias en memoria y funcionamiento cognitivo. Yassa señaló que, desde su perspectiva, el campo del Alzheimer ha carecido de apertura a nuevas ideas durante largo tiempo, y espera que mantener la mente flexible genere beneficios tanto para los enfermos como para sus familias. «El campo está muy dominado por concepciones clásicas; me refiero a paradigmas que datan de 1909. Lo que necesitamos hacer es explorar nuevas ideas más allá de los límites existentes, superar el aislamiento entre disciplinas e impulsar el intercambio de conocimientos», concluyó.
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