Su trayectoria es inspiradora. El actual director del complejo residencial y turístico Punta Mita en México, nació en la Polinesia, específicamente en Suva, la capital de Fiyi, y ha dedicados más de 35 años a la industria hotelera. En la actualidad, está al mando de un ambicioso proyecto inmobiliario de 750 hectáreas en la Riviera Nayarit, que incluye 27 barrios, dos hoteles cinco estrellas y dos más en construcción, con propiedades cuyo valor oscila entre 3 y 40 millones de dólares. Punta Mita se ha consolidado como uno de los lugares más codiciados para turistas americanos y canadienses de alto poder adquisitivo, además de ser un refugio para numerosas celebridades.
Su infancia fue completamente distinta a la vida que lleva ahora. Creció cerca de un río, en un pueblo fiyiano, rodeado por familiares y primos. «La vida giraba en torno al aire libre», evoca, mencionando actividades como deportes, pesca submarina, buceo y paseos en barco, todo ello sin televisión, en un ciclo influenciado por el clima y la cultura local.
Este entorno le brindó una perspectiva única sobre la hospitalidad. Emberson destaca que su noción de servicio no se formó en un aula de una escuela de hotelería en Suiza, sino en su interacción diaria con una comunidad cuya esencia es la hospitalidad: «Los fiyianos son naturalmente hospitalarios», afirma.
Un aspecto curioso de su historia es la conexión con la realeza. Su abuela Matilda provenía de Tonga y era prima de la reina. Su familia heredó una isla bajo una peculiar condición: siempre debía haber un Emberson residiendo allí. Aunque esta propiedad no representa títulos legales —toda la tierra en Tonga es de la Corona— simboliza una continuidad familiar que se mantiene hasta hoy.
La mayor influencia en su vida fue su padre, también originario de Fiji, quien fue entrenador del equipo de rugby nacional. De él heredó la disciplina y una visión clara sobre cómo tratar a los demás. «Escuchar antes de hablar» es un consejo que ha adoptado como principio de vida.
A la edad de 11 años, dejó su hogar y fue enviado como pupilo a St Ignatius College Riverview en Sídney, Australia. El cambio fue abrupto. Pasó de un ambiente abierto a la estructura de un internado. «El primer año fue duro, lloré mucho», confiesa. Sin embargo, con el tiempo, el colegio se transformó en su lugar de pertenencia, donde la formación jesuita tuvo un efecto duradero en su desarrollo personal y académico.
El deporte, y en particular el rugby, desempeñó un papel clave en esa etapa, llegando a ser capitán del primer equipo en el centenario del colegio. A pesar de sus logros, nunca consideró el rugby como una carrera profesional. Al finalizar sus estudios, intentó estudiar Derecho en la universidad Macquarie, aunque solo duró seis meses. «No era lo mío», concluye.
Este periodo se convirtió en un punto de inflexión cuando vio un anuncio de trabajo como camarero en Beachcomber Island Theatre. En ese momento, la conexión con su verdadera pasión se hizo evidente: «Descubrí mi pasión el día que serví mi primera bebida», rememora, hilando su destino con sus raíces de hospitalidad.
Los años siguientes lo llevaron por diversos roles en el sector, desde lavaplatos hasta director de un restaurante en Sídney a los 20 años, lo que marcó el inicio de su carrera formal en la hotelería. En 1984, se unió al Hyatt Kingsgate como supervisor de banquetes, formalizando así su vinculo con la industria.
Tras una experiencia en Londres, se trasladó a Suiza para estudiar en Les Roches, donde conoció a su esposa, Sabine, con quien se casó en 1988. Durante su formación, combinó sus estudios con trabajos en diferentes hoteles de Hyatt en Europa, lo que le permitió adquirir un conocimiento integral del sector.
El vínculo con Sudamérica se consolidó en los años 80, cuando junto a Sabine abrió La Pomme, un bistró francés en Punta del Este, que se convirtió en un punto de referencia durante diez años. También se adentró en el mundo del catering y consultoría gastronómica en Buenos Aires.
A lo largo de su carrera, ha enfrentado desafíos significativos, incluyendo crisis económicas que lo llevaron a aprender de sus fracasos. «Fracasar y volver a empezar te forma», reflexiona, recordando su experiencia en el ámbito televisivo con el chef Ramiro Rodrigues Pardo, subrayando su aprendizaje constante.
A finales de los 90, optó por regresar a la hotelería, iluminado por el sueño de dirigir un hotel cinco estrellas. En 1999, tomó las riendas del Hyatt en Acapulco como subgerente ejecutivo. Desde entonces, su carrera despegó dentro de la cadena Hyatt, asumiendo roles de liderazgo en diversas ciudades de América del Sur.
En 2010, llegó a Punta Mita para liderar el St. Regis, un establecimiento que tomó en bancarrota y elevó a ser considerado el mejor hotel de México y el octavo a nivel mundial según Trip Advisors. Para él, gestionar un resort con campo de golf ha sido un hito cumplido: «Siempre quise eso», dice, disfrutando de más de 100 rondas de golf cada año.
