Sin embargo, los puntajes son solo una parte del panorama. Los datos relacionados con la evaluación permiten examinar los factores que influyen en esta problemática y comprender cómo los adolescentes llegan a los 15 años enfrentando esta crítica situación.
Uno de los indicadores clave es la repitencia: un 17,7% de los estudiantes argentinos había repetido al menos un ciclo durante la primaria o secundaria. La brecha según el nivel socioeconómico es notable: el porcentaje asciende al 28,7% entre los alumnos de escasos recursos, mientras que baja al 6% en el grupo de mayor nivel socioeconómico.
Otro factor a considerar es el ausentismo. Un 27,8% de los adolescentes reportó haber faltado al menos un día completo de clase en las dos semanas previas a la evaluación. Entre los alumnos de menores recursos, esta cifra llegó al 33,8%.
Por otro lado, un dato que destaca es que el 27,6% admitió haber realizado algún trabajo remunerado en el mismo período. En el tramo social más bajo, el porcentaje alcanzó el 33,9%, lo que implica que uno de cada tres adolescentes de este grupo había estado trabajando en las semanas anteriores a la prueba.
“Es importante mirar más allá de los puntajes y analizar qué están viviendo los chicos. El problema es multifacético y tiene múltiples dimensiones”, manifestó Laura Caullo, responsable del área de Empleo de IERAL de la Fundación Mediterránea.
La especialista señaló que los datos sobre la asistencia y el trabajo brindan una visión sobre las realidades de los adolescentes que aún están dentro del sistema educativo. “El 28% había faltado un día completo a la escuela en las últimas dos semanas y otro 28% declaró que había realizado algún trabajo remunerado. Hablamos de jóvenes de 15 años”, agregó.
La situación se torna aún más compleja al considerar el nivel socioeconómico: “Uno de cada tres estudiantes de los sectores más vulnerables trabaja. Estos jóvenes están laborando sin poseer las competencias básicas que el mercado laboral requiere, lo que genera una desconexión significativa”, explicó Caullo.
Los datos no determinan si trabajar o faltar a clases es la causante del bajo rendimiento escolar. Sin embargo, evidencian que estas circunstancias son más frecuentes en estudiantes de grupos vulnerables y forman parte de una trayectoria que puede alejarlos cada vez más de la educación.
La relación entre educación y empleo no culmina al alcanzar los 15 años. Según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, hay cerca de un millón de jóvenes de hasta 29 años que ni estudian ni trabajan.
“Las pruebas PISA nos muestran las señales iniciales: ausentismo, dificultades de aprendizaje y un ingreso laboral a edades muy tempranas”, sostuvo Caullo. Para la especialista, observar estos indicadores ayuda a reflexionar sobre la situación de quienes finalmente quedan fuera del sistema educativo en años posteriores.
El ausentismo no se limita a sectores de bajos ingresos. En el cuartil socioeconómico más alto, el 19,2% de los estudiantes también faltó al menos un día en las dos semanas previas a la prueba.
Desde otra perspectiva, un estudio de la Universidad Austral destaca que la presencia en clase está ligada a un mejor rendimiento, independientemente del nivel socioeconómico. Aquellos estudiantes de menores recursos que asistieron regularmente lograron mejores resultados que sus pares de niveles socioeconómicos superiores que mostraron una asistencia baja.
Florencia Daura, secretaria de Investigación de la Escuela de Educación de la Universidad Austral, subrayó que el origen social no es el único factor que determina las diferencias: “El contexto socioeconómico influye, pero el hábito de asistir a la escuela también es fundamental”.
Según el análisis mencionado, los estudiantes que se ausentan obtienen entre 30 y 38 puntos menos en las áreas evaluadas.
“La asistencia regular no es solo un requisito administrativo; es el entorno donde los alumnos desarrollan habilidades ejecutivas esenciales”, resaltó Daura. Para la investigadora, mantener la asistencia en la escuela fomenta hábitos como la perseverancia y el compromiso.
Caullo reflexionó sobre el escenario actual: “Nos encontramos ante un nuevo paradigma en el que los niveles medio y alto, a pesar de contar con más recursos, deben enfrentar el reto educativo de adaptarse a este modelo escolar”.
Los resultados de PISA también plantean interrogantes sobre la transición de la primaria a la secundaria. Las pruebas Aprender evidencian un progreso en el nivel primario, aunque sus resultados no son directamente comparables con PISA, dado que evalúan habilidades diferentes.
Mientras que Aprender se centra en conocimientos específicos, PISA exige la aplicación de lo que se ha aprendido para resolver problemas. Caullo opinó que esta diferencia explica por qué los resultados son más preocupantes durante la adolescencia.
También hay que considerar las trayectorias escolares. Un informe de la Fundación Libertad indica que la repitencia promedio aumenta del 1,9% en primaria al 6% en secundaria, y que el abandono interanual asciende del 0,6% al 6,9%.
El momento más crítico se da en los primeros años de nivel medio, con una tasa de repitencia del 8,3% en 9° año (tercero de secundaria).
Existen notorias disparidades entre provincias. En secundaria, Santa Fe presenta la mayor tasa de repitencia, con 15,8%, mientras que Corrientes muestra el mayor porcentaje de sobreedad, con 32,2%. En Misiones, el abandono interanual alcanza el 13,1%.
En resumen, la etapa secundaria se manifiesta como el periodo en el cual más estudiantes quedan rezagados, repiten o abandonan sus estudios.
El estudio de la Fundación Libertad también señala que las condiciones para mantener el sistema educativo son muy variables entre provincias. En 2026, el gasto educativo promedio fue de $4 millones por alumno, pero las asignaciones por estudiante fluctúan según el territorio: Neuquén destinó $13,7 millones, mientras que Tucumán solo $2,5 millones.
En 2025, la Argentina contaba con aproximadamente 10,2 millones de alumnos en niveles inicial, primario y secundario. Más de la mitad se concentraba en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, provincias que acogen a la mayor cantidad de estudiantes. “Esto pone de relieve que las condiciones iniciales no son las mismas para todos: hay provincias con más recursos disponibles y otras con matrículas más grandes y menor margen fiscal”, alertó.
Por lo tanto, el desafío no radica solo en incrementar el gasto o en lograr que los estudiantes permanezcan más años en la escuela. Es fundamental que los alumnos puedan avanzar, aprender y finalizar la secundaria con las habilidades necesarias para continuar sus estudios o incorporarse al mercado laboral.
“Los datos son desalentadores y no hay una única política que pueda solucionar de repente la comprensión lectora de estos jóvenes. Sin embargo, es crucial encontrar formas de evitar que salgan del sistema educativo. Es necesario construir un puente entre educación y empleo, mientras se previene la deserción”, concluyó Caullo.
